miércoles, 17 de junio de 2015

TERNURA DE TRAPO

Publicado en: EN DIÁLOGO

Por LIS ANSELMI

Ilustración: Lis Anselmi.
La tradición de hacer muñecas nació en Egipto, donde se pintaban muñecas en trozos de madera y se colocaban en las tumbas, ya que se creía que en la otra vida serían sirvientes de los muertos a los que acompañaban. De a poco, las muñecas fueron dejando de ser objetos religiosos para ir ganando terreno como objetos de decoración y de juego, para eso, se adaptaron los materiales con que se fabricaban.
De entre todas las muñecas, las de trapo expresan una ternura especial, y, aunque por la naturaleza perecedera de la tela, son pocas las que han perdurado en el tiempo, se calcula que datan de los tiempos de los antiguos romanos, cuyas jóvenes, al casarse, ofrecían sus muñecas a los dioses, como símbolo de pasaje a la vida adulta.
Las muñecas de trapo, o tela, era un juguete simple, tanto para ricos como para pobres; las clases más humildes podían confeccionar sus propias muñecas de trapo y también de madera; las otras opciones más sofisticadas solo estaban al alcance de clases económicamente privilegiadas.
Las muñecas se elaboraban con retazos de telas, que sobraban de las que se utilizaban para hacer la ropa de la familia, y se rellenaban también con retazos, hilo, paja, hojas o lana; en la actualidad, se rellenan también con goma espuma, nailon o poliéster. Los zapatos y las medias se pintaban, tejían o cosían, los rasgos faciales se pintaban o bordaban, y en algunos casos los ojos eran botones. El pelo era tiras de tela o lana, y las más tradicionales llevaban trenzas o colitas.
Con el tiempo, las muñecas de tela comenzaron a fabricarse en serie, por compañías como la alemana Steiff, que, en los años veinte y treinta, las diseñó de fieltro y terciopelo, las Stokinette Dolls; con la cara modelada en porcelana, las Topsy-Turvy, que tenían dos cabezas, una en cada extremo, y, según se bajaba la falda para un lado u otro, se veía una u otra cabeza, algo así como dos muñecas en una; las Waldort, con cabezas de papel maché forradas en tejido, las repollo y las italianas Lenci, todas de colección.
Unas muñecas que llegaron a ser bastante famosas fueron las Amish, que, conforme a creencias religiosas, no tenían rasgos faciales; recién en 1900, se les comenzó a pintar los rostros.
Con el arribo de los europeos y sus tradiciones a América, también se introdujeron las muñecas de trapo, que los colonos de los Estados Unidos confeccionaban con bolsas de harina o azúcar, y restos de ropas. Hoy se las conoce como muñecas country y se las usa para decoración.
Pero, antes del éxito comercial, las muñecas de trapo se hacían dentro de la familia, entre hijas, madres y abuelas a hacerlas; así como las de madera las fabricaban los niños con ayuda de sus padres y sus abuelos; de esta forma, no solo afianzaban un vínculo familiar, sino que, además, aprendían un oficio.
El hecho de crear su propia muñeca es algo muy especial para un niño; su muñeca será única, nacida del amor de quien la cosió y rellenó, de los momentos compartidos entre madre e hija diseñando un juguete; a través de la creación, el niño genera vínculos y desarrolla su inteligencia y su creatividad. Además, las muñecas de trapo, por su suavidad y su sencillez, invitan al abrazo, al juego, a la confidencia. Por sobre todas las muñecas, las de trapo son las de aspecto más tierno y más humilde.

miércoles, 3 de junio de 2015

Mandalas


Publicado en: EN DIÁLOGO

MANDALAS


Mandalas / Ilustración: Lis Anselmi.
Solo se volverá clara tu visión cuando puedas mirar tu propio corazón. Porque quien mira hacia afuera, sueña, y quien mira hacia dentro, despierta
(Carl J. Jung)


El psicólogo Carl C. Jung (1) comenzó a interesarse por los mandalas cuando, al despertarse todos los días, intentaba interpretar sus sueños dibujando círculos o mandalas. Así fue observando que estas imágenes tenían relación con su interior, representaban para él la mente en su totalidad, consciente e inconsciente.
Como gran estudioso de los arquetipos, descubrió que el de los mandalas se encontraba en el subconsciente colectivo, lo que explicaría que las figuras mandálicas hayan aparecido en distintas culturas, muy lejanas entre sí. Su interpretación mostró el círculo como símbolo de la psique, y el cuadrado como la materia, lo terrenal, la realidad.
Jung vio al hombre moderno en estado de desintegración, separado de sí mismo y empezó a utilizar las figuras mandálicas en sus terapias, como una forma de adentrarse en la individualidad de sus pacientes.
El mandala está compuesto por un conjunto de figuras y formas geométricas concéntricas, puede dibujarse a partir del centro hacia afuera o de afuera hacia su interior, lo cual implica la expansión de la conciencia o un viaje hacia nuestro interior. En este sentido, nos ayuda a concentrarnos y prepararnos para meditar.
Es un símbolo de la totalidad, de unión, de integración. Para los budistas, el círculo constituye la forma perfecta, el mandala significa el universo, el cosmos, la eternidad, lo continuo e interminable.
En el arte cristiano, también hay formas mandálicas, como los rosetones de las iglesias, la medalla de san Benito y los halos de los santos, de la Virgen y de Jesús; también en algunas pinturas e íconos, como en La Virgen de la zarza ardiente, o en las imágenes de Jesús rodeado por los cuatro evangelistas, el círculo es símbolo de lo divino.
Contemplar un mandala nos armoniza, nos centra, nos da paz, y esto se acentúa si lo realizamos nosotros mismos, dibujándolo o pintándolo. Cada parte del mandala es la parte de un todo, como nosotros, como todo.
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(1) Carl C. Jung, Los arquetipos y lo inconsciente colectivo, El secreto de la flor de oro, El hombre y sus símbolos.