jueves, 26 de marzo de 2015

Publicado en: EN DIÁLOGO

"La belleza que perdura en el tiempo es la de Jesús"

P. Eduardo Pérez dal Lago, ROL.El P. Eduardo Pérez dal Lago, iconógrafo, presenta su libro El Camino de la Belleza ―via pulchritudinis― Aproximación a una estética sacramental”, de Editorial Paulinas. El libro es una invitación a reflexionar y celebrar  la belleza de la fe cristiana.
 
¿Desde cuándo estás investigando sobre el arte y la belleza?
 
Yo siempre quise ser pintor, hice 1º y 2º grado en los Estados Unidos, y allí la educación era muy especial, había cuatro materias fijas que eran ciencias sociales, ciencias naturales, lengua y matemáticas; después otras seis materias que las indicaba una psicopedagoga, en mi caso, las materias fueron pintura, cerámica, teatro, todo artístico, y a mi hermano, que es tres años mayor que yo, le dio química y materias exactas, hoy él es ingeniero, así que se nota  que vieron la veta.  Papá era un científico y se enojaba muchísimo porque decía que yo perdía el tiempo dibujando y modelando, pero siempre tuve esa inclinación. Cuando estaba estudiando derecho, tenía esa duda vocacional, yo pensaba que iba a terminar siendo pintor, hasta que apareció todo el tema sacerdotal, y, en un momento, quise dejar de pintar, porque me distraía un poco en el seminario, pero mi director espiritual me dijo que no, que lo integrara con la fe. Entonces, comencé a investigar el arte sacro, a hacer iluminaciones en pergamino, me interesaban mucho el románico, el gótico.

 
¿Cuándo comenzaste con la iconografía?
 
La técnica del temple la aprendí en España, donde cursé el seminario; los íconos fueron una propuesta de Magdalena Acuña, que ya había investigado bastante, y en los íconos encontré un lugar para unir la oración, la contemplación y la catequesis. Por ejemplo, siempre que voy a un retiro, llevo una tablita y hago un ícono que tenga que ver con el tema del retiro.
 
¿Cómo llegaste a escribir este libro?
 
Hace muchos años que me empecé a plantearme estas cosas, me interesaba mucho ver que hay personas que tienen una actitud más cerebral, necesitan respuestas más teóricas sobre Dios; otras son más bonachonas, y lo que más las une a Dios es la obra buena; pero también hay personas que acceden a Dios desde lo estético, verdad, bondad y belleza, y se queda cada una con una parte. Mi acceso a Dios fue estético, siempre me gustó integrar la verdad y el bien, entonces, durante el año de la fe, el papa Benedicto XVI propuso que se redescubriera la belleza de la fe, y yo pensé en hacer una especie de catecismo en clave estética, que el ingreso fuera estético y hablara también de la verdad y el bien que contiene nuestra fe, esa fue la motivación.
 
¿Ya tenías algo escrito?
 
Me largué de la nada, tenía sí algunas notas de retiros que había dado, alguna homilía, esas cosas me sirvieron. Además, lo escribí en el orden que está en el libro, y, de repente, surgieron algunos capítulos que no estaban en el plan original.
 
¿Qué capítulos te fueron más difíciles de escribir?
 
Hay problemas estéticos de nuestra fe, sobre todo, el tema del mal, el dolor, la muerte, el sacrificio, porque uno puede disimularlos y hacer un crucifijo mostrando la belleza del cuerpo humano, más al estilo griego, en vez de lo que sucedió con Jesús, que ya decía Isaías que más parecía un gusano que un hombre. Entonces, esos crucifijos lindísimos de alguna manera nos silencian lo que pasó; es un problema estético cómo resolver eso, y yo no quería disimular esos temas, no quería dar una impresión de una fe happy ending, rosa, donde todo termina bien, porque Jesús dice “quien quiera seguirme que se niegue a sí mismo, que cargue la cruz y me siga”. Esos capítulos fueron para mí más un cuestionamiento, lo que ha pasado con mi fe en los últimos años. Hay una herejía que se llama el “ireneismo”, irene en griego es paz, y es la herejía del que cree que, si es cristiano, todo le va a ir bien, va a tener un matrimonio bárbaro, unos hijos buenísimos que van a seguir la fe; eso no es lo que nos previene Jesús, que dice “si me han perseguido a mí también los van a perseguir a ustedes”. Yo en la práctica he tenido que dar respuesta a la belleza de la muerte, del dolor, a la belleza del sufrimiento de un inocente, que es la de Cristo, pero también la del chiquito que nace con cáncer, el inocente que sufre, que son a quienes Jesús llama los bienaventurados; para todo eso, los cánones de belleza clásicos, que son los griegos, no sirven; por ejemplo, la tragedia, que sería el trabajo griego sobre el dolor, termina en la muerte, no en la resurrección, no es camino de vida. Esos son los temas que más me costaron, pensarlos y tratar de ser fiel a la verdad, no disimular nada de lo que dice nuestra fe.
 
Es difícil ver belleza en cosas como el dolor, la injusticia…
 
Es difícil, sobre todo, sin disimularlas, a mí me gustó mucho lo que dijo Benedicto XVI, redescubrir la belleza de la fe, es decir que nosotros, algunas veces, lo que hacemos es decorar la fe, y todas aquellas cosas que a la gente no le gustan las disimulamos: la gente no quiere que hablemos del infierno, no hablamos; no les gusta el tema de la cruz, bueno, no hablamos más de la cruz; el sacrificio les resulta algo difícil, no hablamos más del sacrificio; el ayuno parece un sinsentido, no hablamos más… En el fondo, lo que hacemos es licuar la fe, porque hay aspectos que son sustanciales, la cruz, por ejemplo; entonces, el decorar la fe puede servir para un momento introductorio, para alguien a quien, si uno le habla de todas las consecuencias de la fe, puede quedar como aturdido, pero esa no puede ser la propuesta última. Lo que uno tiene que hacer es mirar estos temas con esperanza supernatural, en verdad, son temas cuya belleza última se alcanza en la vida eterna, acá ya tienen un sentido de amor, como los dolores del parto, son dolores que dan vida.
 
¿No te parece que la belleza hoy está malentendida como solo exterior?
 
Sí, la belleza externa está muy unida a la juventud, a lo frívolo, y en el hombre existen la belleza material y la belleza espiritual, y el espíritu no es solo una parte del hombre, sino, más bien, lo que informa todo; por eso, podíamos ver a Teresa de Calcuta bella, porque su espíritu podía sostener la vejez, las arrugas, o ver al papa Juan Pablo II en sus últimos momentos, pero bien; como siempre se entendió la belleza del martirio, la belleza de la cruz, Jesús pudo haber parecido un gusano en la cruz, sin embargo, él dijo en ese momento: “Yo soy rey”, porque nadie estaba amando más, nadie estaba siendo más señor que él, seguramente, Herodes estaba muy bien vestido elegante, pero la belleza que perdura en el tiempo es la de Jesús.
 
¿Por qué la dedicatoria del libro es “En tus manos, Jesús”?
 
Cuando pintamos un ícono, primero le damos las manos a Dios para que él las mueva, después le damos el ícono, como que es obra nuestra, pero, sobre todo, obra suya, y hay una obra que ya no consiste en pintarlo, sino en dónde colocar ese ícono, la influencia que ejercerá sobre las personas que van a rezar, todo eso ya es una acción de Dios, nosotros ya lo parimos… Por eso, en la dedicatoria puse “En tus manos, Jesús”, para que de alguna manera fuera como un ícono, yo le pedí a Dios que me dirigiera al escribirlo, pero, una vez  escrito, él sabe adónde va a ir, quién lo va a leer, en qué momento de su vida, buscando qué respuestas, yo no lo sé, pero él sí lo sabe.

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