domingo, 16 de enero de 2011

El bautizo del Guaguita


El hombre echado a su lado en el catre se revolvió cuando la mujer se levantó despacio. Estiró su cuerpo: las piernas huesudas recorrieron el lugar vacío y se volvieron a encoger arriba del abdomen, empapado el cuerpo con el sudor maloliente de la chicha. La mujer se calzó las sandalias y de entre la maleza de guirnaldas de colores, recogió el lío de mantas que apretó contra su cuerpo. Salió. Se despabiló con el frescor de la madrugada y echó a andar. La noche sin luna se le echó encima, pero el lucero, en el camino sin nombre, le marcaba el rumbo. “A bautizarte niño, a bautizarte…”

Cinco horas más o menos de caminar rápido, con el corazón alegre: luego de que el cuerpecito recibiera el agua bendecida, ya se encargarían los ángeles de guardarlo. Segura estaba que el guagua no lloraría, como no se inquietó siquiera la noche anterior con los
petardos, los gritos, el rojo de las fogatas que iluminaron la tierra e hicieron crecer los cerros hasta lo inimaginable. “¡A espantar los diablos, a espantarlos….! ¡No se llevarán al niño……!”

En algunos momentos apuraba el paso. “Alma de mi Alma”, le murmuraba al oído hundiendo los labios resecos entre los vellones, “no pasará este día sin que la cruz de agua le moje la carita, el pecho, la cabeza y hasta los piecitos, si quiere el cura….”. “Mire, si quiere los cardones que pronto florecerán, yo misma le traeré las flores para adornar la cuna, y también le enseñaré uno a uno, el nombre de los cerros…..” “Hay caminos con espinas…¡Ay! Como se me prenden los abrojos en el ruedo y se me clavan en los dedos….!” “…Pero esta es la senda más corta… sino, el padrecito se irá a dar misa a los otros pueblos y nos quedaremos sin el agua….sin el agua no güagüita”.

Hablando con el hijo, se le escapaba el tiempo. Ya el cielo se encendía y el sol subía rápido. Distinguía los amarillos, rojos, verdes, cobres, de las montañas. Ya estaba cerca. Muy cerca. Descubrió la capillita blanca cuando su propia sombra la perseguía y con un suspiro de alivio tocó el cabo de vela que escondía entre los pechos. Sobre la mesa de cardón vio que aún brillaba el velón, y el Libro Santo… Había llegado a tiempo. Dejó el envoltorio en el primer banco y acercó su velita al fuego sagrado. Más apaciguada, se sentó y volvió a tomar al hijo mirando al Crucificado con la sangre bermeja rodándole por la cara y las piernas. “Como las mías”, pensó sin pensarlo. Y se quedó quietecita, esperando, muda, los ojos clavados en la nada. “Tata Dios, rogó, te traje a mi niñito de regalo” Un movimiento tras el paño blanco, y el sayal marrón le indicaron que el padrecito estaba delante suyo.

“María -la llamó- supe del nacimiento de tu hijo… cuanto demoraste en traerlo para bautizarlo…” La humedad de los ojos de la madre le recordaron que no debía seguir hablando. Comprendió todo y se volvió vacilante hacia el altar, el desconsuelo en el rostro, el corazón latiendo fuerte. Solo un momento de duda. Tantos años ya entre los montes… ”Dios mío, se dijo, el agua del bautismo para los vivos… ¿y la culpa por años para esta hija tuya?”. Tráelo acá, María y sácale tanta manta”. Tomó la botellita del hueco de la pared, y se volvió hacia la mujer. Ya el rostro cobrizo se había dulcificado y la tenue sonrisa agradecida le traspasó el alma. Abrió el vellón. Duro, muy duro el cuerpecito. Y la mano compasiva marcando cruces y acariciando al muerto, y murmurando bendiciones y casi sin darse cuenta, derramando gotas sobre la cabeza de la coyita sasi niña, que ahora volvería al camino, y subiría a lo alto de la montaña a cavar muy hondo, y mejor si el padre la ayudaba y sino , ella sola, sola pero con el alma caliente de su niñito soleándole las entrañas, tan cerca del cielo después de aquello, tan apaciguada, tan conforme, tan cerca del Tata Dios y el cielo. Había cerrado con aquel viaje el Libro de las Eternas Maldiciones.-

María Beatriz de Antueno

10 comentarios:

Guadalupe María Orgeira dijo...

Muchas gracias Lis por publicar el cuento de mi mamá. Te felicito por el blog!!!
Beso
Guadalupe María Orgeira

Carlos Andrés Orgeira dijo...

Recuerdo cuando Mabel escribia el presente cuento. Lo hizo con el asesoramiento de unos sacerdotes Bolivianos de la Orden de los Dominicos y lo escribió en el Convento de Santo Domingo del Barrio de San Telmo. Agradezco a Fray OSCAR hijo religioso de Mabel.

Mariano Vergara dijo...

Quedó lindísimo con la foto, pero ya de por sí el cuento es maravilloso!
Qué bueno que ahora esté al alcance de tanta gente!
Mariano.

Elvira Madariaga dijo...

Un cuento infinitamente bello y triste. Llega al alma de quien lo lee. Se disfruta por su exquisita sensibilidad.
Agradezo su publicación en este estupendo blog de Lis Anselmi
Elvira Madariaga

catalinaladivina dijo...

Me pareció ver a esa madre,cada expresión ,cada gesto,su fe tan grande,la seguí en ese camino y luego...la muerte de ese hijo,alivianado por Dios a través del bautismo.Soy una madre que ha perdido a un hijo,imagínese la autora cómo caló hondo en mi ser este cuento tan bien escrito.
¡Felicitaciones!
Elsa Tébere

Anónimo dijo...

Este cuento de Teresita es de una
exquisita sensibilidad...de una tristeza infinita, pero de una realidad, que sigue siendo actual.
Lis, felicitaciones, por que lo hayas publicado, como asi por la
ilustracion que lo acompania !

Etelvina

Anónimo dijo...

Teresita: Que enorme escritora sos. Te felicito y agradezco a Lis que lo haya publicado. Mil bendiciones para ambas. Elsa Lorences de Llaneza

Lis Anselmi dijo...

Les aclaro que esta bella historia no la escribió Teresita sino María Beatriz de Antueno. Bss

Anónimo dijo...

Perdón, pero también es una excelente escritora por eso me confundí. Mil perdones María Beatriz. Tu cuento, un verdadero regalo para mis ojos. Bendiciones.
Elsa Lorences de Llaneza

Anónimo dijo...

me gusto mucho el cuento . en el canpo se aserca mucho a la realidad. de otros tienpos te felisito fiona