sábado, 25 de diciembre de 2010

El desafío de vivir sin miedo

Lo pensamos dos veces si tenemos que salir a la noche, nos pueden asaltar en plena calle. Ni hablar de parar con el auto en el semáforo, es ofrecerse a los delincuentes. Por supuesto que si vamos caminando, el temor a ser atropellados por alguien que no paró en el semáforo por miedo de ser asaltado, nos llena de pánico. Entonces nos quedamos en casa, y que no suene el timbre si no esperamos a nadie porque la reacción es quedarnos paralizados y hacer silencio, ¿quién podrá estar al otro lado de la puerta? Y no abrimos, claro.


En los negocios vemos una muy buena iniciativa carteles anunciando que ese comercio es parte de un “corredor de vigilancia” que ayuda a que los chicos vuelvan seguros de la escuela a sus casas, porque como sabemos las calles son terreno hostil también para ellos, que desconocen lo que es jugar en la vereda. Y si algún adulto masculino se les acerca es muy posible que sea un pedófilo, por supuesto.


Si tenemos algo de plata entonces el peligro de ser secuestrados nos inunda de pánico, y si no lo tenemos también porque por ahí los secuestradores no lo saben. Y mejor no discutir con nadie en la calle porque puede ser un loco que anda armado y corremos el riesgo de ser asesinados sin saber bien por que.


También tenemos otros miedos, que nos echen del trabajo, que nos aumenten el alquiler, no poder seguir pagando la prepaga o el colegio de los chicos. Y ni hablar de sequías, tsunamis y otras catástrofes naturales de las que nadie se hace cargo.


A todos estos miedos le sumamos la gripe A, que nos encierra, nos hace oler a alcohol de la mañana a la noche y correr a la guardia del hospital al primer estornudo. A las rejas y alarmas ahora les sumamos barbijos.


Son todos miedos reales, concretos. Leemos los diarios, escuchamos las noticias y si no nos asustamos debe ser sólo porque estamos distraídos. Pero de tanto protegernos nos estamos enfermando de miedo.


Porque cuando cualquier pibe pobremente vestido que se nos acerca sólo puede ser un asaltante, o cuando miramos a cualquier persona como un posible foco infeccioso, ya estamos contaminados.

Los riesgos son reales, pero aislarnos para vivir cada uno temblando en su rincón no es la solución. Dejar de abrazar a un amigo puede enfermarnos más que cualquier virus.


Hay un miedo beneficioso, el que nos impide meternos a las tres de la madrugada en un callejón oscuro, el que nos hace mirar si viene algún auto cuando cruzamos la calle. Pero hay un miedo enfermizo, el que no nos deja salir a encontrarnos con los amigos, el que no nos deja disfrutar de las cosas que amamos, el que nos impide acercarnos al hermano porque sólo por ser “otro” es sospechoso, de lo que sea. Es el miedo que nos permite ser manipulados, que nos mantiene ocupados en sobrevivir en el mundo que creamos.


Por eso, el gran desafío que hoy enfrentamos, va mucho más allá de una gripe y de vivir en una sociedad violenta. El desafío es saber trazar nuestras propias fronteras entre el miedo sano y la paranoia. Exigiendo sí de las autoridades la seguridad que deben garantizarnos, pero haciéndonos cargo de que mientras no creemos entre todos una sociedad más justa que acabe con la violencia de la desocupación, de la impunidad, del hambre, del desprecio, del desamparo, cada vez serán más los posibles agresores; y mientras no cuidemos del planeta como a una casa que hoy habitamos pero que debemos dejar en perfectas condiciones para los que vendrán, cada vez serán más las sequías y los venenos que respiremos.


“No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, dijo Jesús. Cuidémonos entonces, pero no permitamos que el miedo nos envenene el alma.


Lis Anselmi