viernes, 5 de marzo de 2010

La paloma envenenada

Te quedaste mirándome a lo lejos
del otro lado del río
y eran tus ojos tan bellos
que con desesperación
buscaban los míos.
Abrías tu pico azabache
como hablándome al oído
y me quedé mirándote
sin poder darte mi auxilio.
No entendía
tu lenguaje de plumas
ni por qué estabas
a la vera del camino
pero al mirarte comprendí
que tú querías estar conmigo.
La tarde estaba cayendo
con su mágico colorido
y en tu cuello bordado de perlas
el arco iris hacía su nido.
Sumergiste tu cuerpo en el agua
invitándome a hacer lo mismo
y nadé surcando la distancia
para atrapar tu último latido.
Ahí comprendí la desgracia
que te tenía aferrada a ese sitio
buscaste el consuelo de otra alma
que te ayudara en tu martirio.
La noche insondable abrió sus puertas
tu cuerpo entre mis manos escarnecido
ya había entregado su ofrenda
el amor venció al egoísmo.
Te cubrí de besos y de flores
te dejé anclada en la orilla
y me pregunté tristemente…
¿Quién puede ser tan cruel
para envenenar una paloma
con cuatro granos de trigo?
Y me quedé pensando…
cuándo seré yo cielo
para que mis manos
vuelvan a ser tu nido.


P. Hernán Pérez Etchepare, ssp