domingo, 6 de septiembre de 2009

En el mes de los inmigrantes

LA NONA

Se llamaba Catalina, o Caterina. Nació en Italia, en Sicilia, hace mucho tiempo. A los quince años se casó con mi abuelo, poco mayor que ella, y como las familias se oponían a esa unión, se fueron a otra ciudad. Tuvieron dos hijos, y cuando el mayor tenía seis años vinieron para Argentina. Al poco tiempo el hijo menor murió de sarampión. Mi abuelo era fotógrafo y ella cuidaba la casa, iba a la iglesia y tejía al bolillo. Hacía maravillas con el bolillo. Se vestía siempre de negro y no tenía amigos. Nunca tuvieron dinero. Compraba pan negro y preparaba café con chocolate que me servía siempre que iba a visitarlos. Cuando ya era grande se enfermó de una pierna y como en vez de llevarla al hospital la curaba mi papá que no era médico ni nada parecido, nunca quedó muy bien y andaba con una pierna más gorda que la otra. Mi mamá no la quería, decía que era mala; mi papá decía que estaba enferma, demencia senil o algo así, y que por eso a veces decía que no había hecho algo que había hecho. Yo no la conocí muy bien, era muy cerrada. Las dos lo éramos. Después murió mi abuelo y pocos años después mis padres se separaron. No volví a saber de ella. Seguro que está muerta. Debe haber tenido una vida muy mala. No era una mujer fácil, no jugaba conmigo como mi abuelo, y hasta decían que se escapaba a la plaza a tomar vino y después armaba lío. Era gritona y terca. Pero fue la única persona en la familia que me habló de Dios.

Lis Anselmi