martes, 26 de agosto de 2008

EL AÑO PAULINO


El 28 de junio de este año comenzó el año paulino, por indicación del Papa Benedicto XVI. Es significativo que en este momento, en un mundo que parece inclinarse cada vez más a un casi paganismo, que grita de desesperación y agonía, se llame a este gran modelo de apóstol, a este misionero del amor que fue y es San Pablo. Pablo de Tarso era judío, fariseo, hombre muy religioso, de formación rabínica, perseguidor de los cristianos hasta el momento de su conversión. No debe haber sido fácil para él reconocer ante los demás y ante sí mismo que se había equivocado, y que aquellos a quienes perseguía no eran un bando de fanáticos empecinados en defender una idea absurda en nombre de un líder loco y muerto, sino que eran hombres que habían visto la verdad, que habían convivido con Dios hecho hombre y que, al ser tocados por su amor y haber sido testigos de su resurrección, no pudieron dejar de transmitir esa verdad, cada uno a su manera. Cuando Jesús sufre su pasión y resurrección, Pablo aún no sabía, no creía en Jesús a quien consideraba un blasfemo. Pero una vez que supo, no tardó en dar vuelta la mesa y continuar predicando a Dios, ahora desde Jesús, y yendo más allá de lo que los demás apóstoles habían ido. La buena noticia no podía ser para unos pocos y partió a contarla por el mundo, como Jesús le había indicado que lo hiciera, como la gente se lo pedía, entre paganos, con la fuerza que sólo el amor y la verdad otorgan. Hoy el mundo se ha paganizado, los falsos ídolos abundan, la nada y el vacío ocupan cada vez más lugar, y en este mundo hostil sólo nos queda el tratar de sobrevivir como sea. A Dios le dimos una patada y nos quedamos huérfanos, gritando de abandono e implorando ayuda sin saber adonde apuntar la súplica. La muerte de Pablo no detuvo su misión y hoy, tal vez como respuesta a esos gritos, se haya hecho todavía más presente para colaborar con Jesús en la reunión de su rebaño disperso. En un mundo que no quiere morir pero que no deja de suicidarse a diario, el apóstol de los gentiles, nuestro apóstol, camina con nosotros convencido de que sólo cuando se nos haga carne que únicamente a través del amor seremos quienes somos llamados a ser, lograremos dejar de gritar.
Lis Anselmi

martes, 19 de agosto de 2008

MI BARCA Y LA ETERNIDAD


¿Qué hay de verdad en este atardecer arrebolado 
si mi ser no quiere 
que se vayan los rayos dorados? 
Y me echo a la mar con mi barca 
soñando que el sol detenga su marcha 
y remo de manera desenfrenada 
pero el astro es más rápido que mi esperanza. 
Resignado quedo mirando el agua clara 
y mis lágrimas se transforman en estrellas 
mientras la luna riela mi camino a casa. 
Yo sé que hay un mundo detrás del mañana 
que sueña mis sueños y que todo abarca 
que solo se vislumbra cuando el sol se marcha 
y quedamos en medio del océano 
sin temor a nada. 
Desapegados de la tierra descubrimos el sol 
en el alma que ilumina nuestras manos 
para construir la confianza 
y se hace abrazo la dicha de sabernos hermanos 
y que vaya a donde vaya 
siempre hay alguien esperando. 
Y aunque la luna riele, el sol se marche, 
las estrellas titilen indiferentes, 
todo tiempo es mi tiempo, 
toda patria es mi hogar 
y detrás de toda noche 
habrá un nuevo despertar.  

P. Hernán Pérez Etchepare, SSP